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Farmacia

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Ya no pudo concentrarse en nada que tuviese que ver con sus compras. Todo su mundo se derrumbaba en un café impersonal de La Cañada. ¾ ¿Te encuentras bien, Elisa? ¾ Sí, perdona. Se me ha venido algo desagradable a la cabeza, eso es todo. ¾ ¿Algo que ver con el local? ¾ Nada que ver, Coro, nada que ver. Coro se levantó a pagar la cuenta sabiendo que la cita se había acabado. Consciente de que no podía negociar nada en esas circunstancias, se ofreció a acompañarla al parking, a lo que Elisa no se negó, desquiciada con su móvil entre las manos, confiada en una señal de Julio que no llegaba. Se dieron dos besos de despedida sin más explicación y Elisa rodeó el aparcamiento hasta verla desaparecer, antes de aparcar de nuevo. No tenía duda alguna acerca de la presencia de Julio unos minutos antes en La Cañada, pero no podía tener la certidumbre de haber sido descubierta; sin embargo, su forma de acelerar el paso, esconder el anorak y escapar por la primera puerta casi le garant...

Cañada

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Julio no supo medir hasta qué punto su vida iba a dar un vuelco por no saludar a su mujer allí donde ninguno de los dos debía estar; tan sólo se preocupó por esconder su plumas rojo, retorciéndolo con el puño, y salir raudo del centro comercial marbellí. Ya en la farmacia de Ricardo Soriano, bloqueado al no recordar el antihistamínico de cada primavera, rebuscó en el móvil gimnasios baratos lejanos al centro de Marbella donde desfogar sin temor a ser reconocido. Descartó la idea de volver a Sevilla para evitar dos horas de conducción con los hombros agarrotados, sin contar con que, en ese momento, su teléfono sonase escandaloso a un solo cliente de tener la vez. Era su mujer. ¾ Sí, Elisa ¾ los últimos años de felicidad en Londres se le pasaron comprimidos por la cabeza ¾ . Acabo de llegar a Sevilla ¾ la farmacéutica no pudo sino observarlo recelosa ¾ . En cinco minutos estoy en casa ¾ afirmó, con la ventaja de saber que no la encontraría allí. ¾ Pues nos cruzaremos en el garaj...