Cañada


Julio no supo medir hasta qué punto su vida iba a dar un vuelco por no saludar a su mujer allí donde ninguno de los dos debía estar; tan sólo se preocupó por esconder su plumas rojo, retorciéndolo con el puño, y salir raudo del centro comercial marbellí.
Ya en la farmacia de Ricardo Soriano, bloqueado al no recordar el antihistamínico de cada primavera, rebuscó en el móvil gimnasios baratos lejanos al centro de Marbella donde desfogar sin temor a ser reconocido. Descartó la idea de volver a Sevilla para evitar dos horas de conducción con los hombros agarrotados, sin contar con que, en ese momento, su teléfono sonase escandaloso a un solo cliente de tener la vez. Era su mujer.
¾Sí, Elisa ¾los últimos años de felicidad en Londres se le pasaron comprimidos por la cabeza¾. Acabo de llegar a Sevilla ¾la farmacéutica no pudo sino observarlo recelosa¾. En cinco minutos estoy en casa ¾afirmó, con la ventaja de saber que no la encontraría allí.
¾Pues nos cruzaremos en el garaje, estoy a punto de salir ¾mintió Elisa, apesadumbrada de confirmar que no había otra opción que engañar.
Julio se derrumbó.



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